La historia poco contada: Las mujeres presentes en la Guerra de Malvinas

"Queremos volver a Malvinas"

Susana, Silvia, María Marta, Norma Ethel, María Cecilia y María Angélica,  fueron  las únicas seis mujeres argentinas que participaron en el conflicto del Atlántico Sur, ayudando a los heridos en combate a bordo del Rompehielos ARA “Almirante Irízar”, que funcionó como buque hospital. Años después, estas heroínas anónimas cuentan lo que vivieron y cómo les cambió la vida ayudar a vivir y a morir a cientos de soldados argentinos.

Cada 2 de abril desde hace veintiocho años, seis mujeres se mezclan entre el himno nacional, la marcha de Malvinas, los discursos y los desfiles. Cada 2 de abril, seis mujeres anónimas evocan los diez días que, hace tantos años, cambiaron sus vidas para siempre.

Pocos lo saben pero Susana Maza, Silvia Barrera,  María Marta Lemme, Norma Navarro, María Cecilia Ricchieri y María Angélica Sendes,  tienen sus propias Medallas al Valor, guardan Diplomas y Condecoraciones, todas esta vivencias las compartieron conformando en Junio de 1982, el grupo de seis voluntarias para el Hospital Militar Malvinas, de Puerto Argentino.

Ellas también fueron heroínas:

Fueron las únicas mujeres que estuvieron en las Malvinas durante la guerra. En 1982, las seis tenían entre 20 y 25 años y acababan de recibirse de “instrumentadoras quirúrgicas” cuando se dieron cuenta de que su deber era ayudar a los heridos en combate. Durante diez días, estuvieron en el Buque ARA “Almirante Irízar”, un rompehielos que transformado, funcionó como buque hospital en Malvinas. 







Atendieron a cientos de soldados, les dieron fuerza y los cuidaron. También los vieron morir. Nadie las obligó a ir: lo hicieron por propia voluntad. Las tres trabajaban desde hacía ya algunos años en el Hospital  Militar Central como personal civil del Ejército Argentino.

A tantos años del intento de recuperación de las islas australes, ellas reconocen que "las Malvinas siempre estuvieron en nuestro corazón. Cuando se declaró la guerra no se nos ocurrió pensar en el peligro que corríamos. Sólo queríamos llegar y ayudar. Todas lo volveríamos a hacer.

" Susana Maza, Silvia Barrera y María Marta Lemme ya lo habían decidido tiempo antes de postularse: querían ir a las Malvinas. Lo habían comentado durante las operaciones en que participaban, y lo habían discutido cuando terminaban sus turnos de trabajo. Por eso, cuando el 9 de junio de 1982 el Director del Hospital Militar Central solicitó “instrumentadoras quirúrgicas” y enfermeras para ayudar en el Hospital Militar Malvinas, en Puerto Argentino, ninguna dudó.

La idea era montar un hospital de campaña, en carpas, para ayudar a los combatientes. "Lo más difícil fue convencer a nuestros padres. Pero la mayoría de nosotras venimos de familias de militares y lo entendieron enseguida," recuerda Silvia Barrera.

A las seis de la mañana del 10 de junio de 1982, seis mujeres vestidas con uniforme de combate, camuflado verde, se subieron a un avión de línea en el Aeroparque Jorge Newbery en Buenos Aires para ir a Río Gallegos, bien en el Sur argentino. Luego irían hasta el puerto marítimo de "Punta Quilla" en un helicóptero Bell 212 del Ejército, y desde allí, en otro helicóptero sanitario SH-3 "Sea King", de la Armada, hasta el Buque Hospital ARA “Almirante Irízar” que navegaba en alta mar.






¿Cómo era en ese momento el Sur del país?

Susana: Era verde. Desde Comodoro Rivadavia, el país era otro: estaba militarizado. Nosotras veníamos de Buenos Aires, donde si bien hablabas de la guerra, no la veías. En el Sur, todos especulaban con un ataque al continente: había camiones militares durante el día y oscurecimiento por la noche. A los autos les ponían una cinta adhesiva que sólo permitía una luz mortecina para iluminar la ruta.

¿Recibieron algún tipo de preparación antes del viaje?

Silvia: Todo sucedió muy rápido. A bordo del Irizar, sí nos dieron pautas básicas, como por ejemplo dónde situarnos y qué hacer en caso de ataque, incendio o abandono del barco. Lo que pasaba era que poco antes que llegáramos, el 2 de mayo, había sido hundido el Crucero ARA “General Belgrano” fuera de la Zona de Exclusión impuesta por Inglaterra para los barcos argentinos, y a nosotros nos podía suceder lo mismo.

-Susana: Para muchas de nosotras, aquel era el primer viaje en avión. Ninguna había pisado el Sur y el único barco que conocíamos era el bote de remos. Tuvimos que aprender muchas cosas. Por ejemplo, a ponernos los borceguíes.

¿En ningún momento sintieron miedo?

María Marta: Sí, muchas veces. Cuando iba en el avión empecé a preguntarme: ¿Qué hago acá?” Me acuerdo que empecé a imaginar cómo sería estar allá, si íbamos a estar todas juntas o si nos iban a separar. Los miedos desaparecieron cuando nos pusimos a trabajar. Pero cada vez que nos ganaba el temor, íbamos a la capillita del barco y rezábamos.

Diez días en el Buque Hospital "Almirante Irízar":

Era de noche cuando el helicóptero las dejó en el buque hospital. Hacía frío y, si había estrellas, no se veían: los destellos que provocaban los bombardeos en Puerto Argentino eran muy potentes. Y fue entonces cuando llegó la primera decepción: por decisión del Comandante del Irizar, Capitán de Fragata Luis Prado, las seis mujeres no bajarían a tierra para reforzar la dotación del Hospital Militar Malvinas, en cambio reforzarían el hospital flotante. Es que para junio de 1982 los combates habían recrudecido en Puerto Argentino, el bombardeo naval Ingles caía en cercanías del hospital y corríamos serios peligros.



¿Cómo se organizó su trabajo?

Silvia: Nos dividimos por áreas. María Marta estaba en el área de Cirugía General, Susana en la de Cardiovascular, Norma y Celia en Traumatología, María Angélica en Oftalmología y yo en Terapia Intensiva.

María Marta: Cuando los heridos llegaban a bordo, en la cubierta de vuelo, la dotación sanitaria del buque los clasificaba según las lesiones y los derivaba a terapia intermedia o intensiva.

Susana: A veces, la tarea se nos hacía difícil. En esa zona del Atlántico Sur, en algunas ocasiones, los vientos llegan a más 100 kilómetros por hora y el buque se movía mucho. A los heridos no los podían traer en esas condiciones de viento y fuerte oleaje en helicóptero y varios de ellos tuvieron que ser trasladados desde Malvinas en barcos pesqueros y remolcadores. Durante las operaciones, con el cirujano nos atábamos a la camilla, que estaba fijada al piso del quirófano. Durante diez días casi no durmieron. Se la pasaban comiendo papa y pan, para evitar los mareos y descomposturas.

Comunicarse con sus familias en medio de una guerra tampoco resultaba fácil:
"Hablábamos por radio con nuestros padres sólo para decirles que estábamos bien. No podíamos detallarles nada y, mucho menos, contarles nuestra ubicación. Toda comunicación podía ser interceptada," explica Silvia.

Lo más duro fueron las historias que traían los soldados. "Ellos no querían contar demasiado. Creo que se sentían felices de ver otras caras que no fueran hombres y estar en un lugar tranquilo, se sentían como si hubieran vuelto a sus casas. Nos contaban sobre el lugar del que eran oriundos, de sus familias, sus novias..." relata María Marta. "Nos hablaban del frío, de la lluvia y la nieve. Pero una sabía que había una historia dura y dolorosa sobre el combate que guardaban para ellos," dice Susana.

La noche del 13 de junio, con el Irizar anclado frente a Puerto Argentino, les prestaron en el puente de mando un visor nocturno. "Vimos la típica imagen de Malvinas: las casitas y las montañas bajas. Vimos el tremendo e interminable bombardeo y también filas de soldados bajando desde las montañas hacia Puerto Argentino. Al principio no entendimos. Fue entonces cuando nos explicaron que era la retirada," recuerdan. La vuelta a casa era inminente.

La peor noticia:

Los diez días que vivieron en el archipiélago de 11.718 km2 fueron intensos, y hasta parecieron meses. Las tres mujeres tienen recuerdos grabados en su memoria. "En la capilla del buque había una bandera argentina en un cofre de madera. Una vez, un oficial me dijo: ‘Si nos atacan, voy corriendo a buscar la Bandera de Guerra del barco y me la llevo conmigo’," evoca Susana.

Silvia también completa: "Me acuerdo de un buzo táctico, uno de los primeros que desembarcó en la isla, llorando sin consuelo cuando el comandante del Irizar nos confirmó que se había firmado la rendición.

La rendición, reconocen, fue la peor noticia que recibieron en sus vidas. Setenta y cuatro días de guerra desigual, 648 soldados argentinos muertos,  sólo se traducen en sus corazones como un sentimiento apasionado: "Las Malvinas son argentinas. Hoy tenemos que continuar el reclamo por la vía pacífica."

¿Cuál es el sentimiento de ustedes a 28 años de la guerra?

Silvia: Tengo a tres hijos en el colegio y lo que más me duele es que no se habla de la Guerra de Malvinas. No les enseñan nada y eso me provoca mucha tristeza.

Susana: Es como si hubieran echado un manto de olvido. El problema es que esa guerra fue parte de nuestra historia. Las sociedades que se olvidan de sus muertos terminan mal.

A ustedes, ¿les quedó alguna asignatura pendiente? - María Marta: Me hubiera gustado ayudar más...

Todas: Volver. Si pudiéramos nos iríamos a las Malvinas ahora. Todas juntas. Ese es nuestro deseo hoy.


Texto M. F. Sanguinetti Fotos C.martinez

No hay comentarios:

Publicar un comentario